Editorial
El 27 de noviembre próximo pasado conmemoramos el “Día del Arquitecto”.
Por la noche, como ya es tradicional, se realizó un encuentro entre colegas, familias y amigos, donde se homenajeó a los arquitectos que cumplían 25 y 50 años de actividad profesional; se brindó un merecido reconocimiento a los proyectistas del SODRE y se recordó con un minuto de silencio a Sandra Rebello (*)… todo esto confieso resultó muy removedor para quien hoy escribe estas líneas.
En las instancias previas a este acontecimiento, me había tomado tiempo para reflexionar y valorar el caudal de razones y profundas experiencias de vida que nos vinculan; esto en sí constituye una cantera de enorme potencial, a la que deberíamos recurrir con mayor frecuencia como fuente genuina para superar desencuentros y construir puentes para las futuras generaciones de colegas, lo cual intentaré compartir con ustedes:
Uno de esos hitos de partida comunes e importantes está en la propia fecha elegida, el 27 de noviembre, distinguido por coincidir con la creación de la Facultad de Arquitectura, por ley del año 1915.
Que la Sociedad de Arquitectos haya tomado esta fecha como “el” Día del Arquitecto resulta una decisión cargada de simbolismos y contenidos. Esta coincidencia expresa, entre otras cosas, el histórico y estrecho vínculo existente desde los inicios entre la formación académica del arquitecto y el ejercicio profesional, así como los esfuerzos y comunidad de intereses que, consensuados y sumados, han posibilitado el enriquecimiento de la Arquitectura y el fortalecimiento de la profesión.
Todo esto se ha dado por medio de la inteligencia, estudio y trabajo consecuentemente volcado en todos los campos de la práctica profesional, compromiso y dedicación gremial, generación tras generación de colegas que han procurado el crecimiento cualitativo y cuantitativo de nuestra disciplina, así como su reconocimiento e inserción social. Para ello contribuyeron sin lugar a dudas aportes tan dispares que van desde la honorabilidad y destaque de nuestros grandes maestros, hasta la garantía y transparencia que emana de instrumentos como el concurso.
Sin duda podemos formular una lista muy extensa de motivos alineados con estos principios e impulsados desde las Comisiones Delegadas Departamentales, Comisiones Temáticas, Programas, cursos, asesoramientos o a partir del apoyo brindado al orden de egresados en el cogobierno de la Universidad de la República, pasando por la activa participación en la Federación Panamericana de Asociaciones de Arquitectos (FPAA) -que ha merecido el reconocimiento regional, convirtiéndonos en sede oficial permanente- o la participación en organizaciones profesionales Internacionales; y así, podemos continuar con los más diversos aportes individuales y colectivos, las más de las veces anónimos y, por qué no -nobleza obliga-, a esta construcción colectiva también han aportado los funcionarios de SAU que abnegadamente tejen estas relaciones.
Pero en esta oportunidad se da otra particularidad que convoca a la reflexión, la misma que se estimula místicamente y cíclicamente cuando personas e instituciones cierran un lustro o década: este año además cumplimos 95 años de existencia. El hito fundacional data del 22 de mayo de 1914 cuando se realizó y documentó la primera sesión “preparatoria” en el local del Ateneo, que las actas registran así:
“a los 22 días del mes de mayo de 1914, los abajo firmantes Arquitectos de la Universidad de Montevideo, en el local del Ateneo, solicitado para el objeto… manifiestan su conformidad con la conformación de una Sociedad de Arquitectos…”
Esta fue seguida de otras reuniones constitutivas que se cerraron con la primera sesión ordinaria el 16 de junio del mismo año, toda una historia que merece su rescate y estudio particular.
Es así que, con posterioridad al encuentro con los colegas representantes de las Comisiones Delegadas Departamentales celebrada el 6 de noviembre del corriente año en nuestra sede, pensando y revalorizando el contenido simbólico del Día del Arquitecto y leyendo los documentos fundacionales originales, no pude más que hacerme cuestionamientos respecto al modo cómo asumimos los compromisos con la disciplina y con los colegas. Y no me quedaron dudas: hay que sumar voluntades, compatibilizar ideas y seguir construyendo.
No es pidiendo a SAU que nos de, sino aportando nosotros, con renovadas energías y firmes convicciones, en colectivo y al colectivo, que encontraremos la forma de potenciar nuestro reconocimiento y participación en la sociedad, porque descarto que lo vayan a conseguir fuerzas divinas superiores o individualidades iluminadas.
Así es que fui en estos días repasando y reafirmando mis convicciones en cuanto a que la SAU ha resultando una herramienta históricamente apropiada para la Arquitectura y los arquitectos.
En línea con lo dicho, y ahora ya sobre las fiestas de fin de año, convoco a las y los colegas de todas las generaciones a reflexionar sobre nuestra SAU, su historia, lo realizado y los compromisos a futuro.
Vayan mis mejores deseos de felicidad y excelente año 2010, para todas y para todos.
(*) Funcionaria ejemplar de la Sociedad de Arquitectos, fallecida.

Arq. Duilio Amándola
Presidente en ejercicio
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