EN EL DEBATE POR LA CONSTRUCCIÓN DE UN URBANISMO CONTEMPORÁNEO
Ecología, ciudad y poder
Por diversas razones el tema de la utopía reflota enormemente en el ambiente del planeamiento urbano en el mundo desarrollado. Como parte del ejercicio de reflexión colectiva la ciudad imaginada es concebida siempre entre la autosuficiencia y la libertad.
La presente aportación trata de plantearse cuál es aquella ligazón conceptual entre todos estos términos que, de la manera más útil, pueda contribuir al proceso de revisión de la disciplina urbanística desde la óptica de la ecología y de la urbanología.
ECOLOGÍA Y CIUDAD
La urbe es un sumidero de recursos energéticos y materiales. Delicado equilibrio entre la energía invertida y producida, la ciudad debería aportar más de lo que consume. El discurso del desequilibrio ecológico nos resulta a todos conocidos. Hoy, a ese discurso se le suma el de la participación ciudadana. Hablar de ciudadanía, de autosuficiencia y de libertad en relación con el fenómeno urbano significa principalmente reflexionar. Reflexionar sobre los procesos de toma de decisiones mediante los cuales se generan esos flujos de energía, materia y recursos cuya cristalización configura en cada momento la calidad del entorno inmediato en el que viven los ciudadanos. Significa, en suma, constatar una vez más que, para entender la dialéctica entre ecología y ciudad, es imprescindible ligarla con la reflexión sobre el poder. Son numerosos los males que nos aquejan en este ámbito específico, el de la ciudad como escenario de las estrategias de poder, pero a la hora de caracterizarlos bajo un epígrafe común, tal vez cabría señalar precisamente como el principal de ellos la creciente disociación entre los procesos de construcción de la ciudad y las necesidades y deseos reales de los ciudadanos que la habitan.
Tratar de rastrear las raíces de este mal en toda su complejidad, como promete el título general, constituiría una tarea demasiado ambiciosa y ardua. Por ello, atendiendo al objetivo general de revisión de la disciplina urbanística que hemos tomado de referencia, la opción sería circunscribir la búsqueda al ámbito de la historiografía disciplinar. Haciendo una revisión específica del papel de la ciudadanía según los diversos modelos y concepciones de lo urbano que se han desarrollado a lo largo de la historia, llegaremos a entender la complejidad del alejamiento entre la formulación de modelos teóricos y la realidad por la que las ciudades han evolucionado. Realidad que hoy frente a la crisis ecológica parece riesgosa pues llegar a proponer un nuevo modelo urbano desde las altas esferas, sin la participación del público en la construcción de un programa base, puede retrasar todo el proceso de cambio obligatorio que deberemos enfrentar. Del mismo modo, dejar que el poder local de municipios que favorecen la hipertensión controlen le dinámica urbana parece un suicidio. El primer objetivo sería detectar de qué forma ha contribuido a la mencionada disociación el modo en que estos diversos modelos y concepciones han imaginado a la ciudadanía. Cómo tratar esta quiebra entre ciudadanos y construcción de la ciudad mediante nuevas herramientas disciplinares constituiría el segundo y el más importante objetivo.
Esta revisión no sería sino una de las vías a seguir para la relectura de la disciplina desde la óptica de la ecología. Pretendemos apuntar algunas vías e hipótesis de partida que permitan ayudar a entender cómo y en qué momentos la propia disciplina ha contribuido a deslegitimar el papel autónomo de los ciudadanos en al configuración de su entorno.
Desde el campo de la producción teórica, esta restitución se está produciendo en torno a dos conceptos: el de sustentabilidad de las estructuras urbanas y el de participación, que solamente ligados fuertemente entre sí adquieren cierto contenido más allá de la utilización cada vez más banalizada que se está haciendo de ellos.
EL REVIVAL DE LAS UTOPÍAS EN LA ARGUMENTARIA TEÓRICA ACTUAL La hipótesis general de partida para esta necesaria revisión disciplinar sería que: hasta muy entrado el siglo XX, prácticamente hasta la década de los sesenta y los setenta de dicho siglo, las reflexiones y proposiciones correctivas sobre la ciudad y sobre el poder, es decir, sobre la forma y el modo de construcción de la ciudad y sobre la toma de decisiones en la organización de lo social, han transcurrido, prácticamente en paralelo, sin llegar a converger en la forma de reflexiones y propuestas concretas y coherentes.
Hasta ese momento, las preguntas ¿cómo deben ser las ciudades? y ¿quién debe decidir cómo se organiza lo económico y social? (o más brevemente: ¿quién tiene derecho a ejercer el poder y cómo se otorga ese derecho?) no han llegado a confluir de forma efectiva en la pregunta: ¿quién y de qué forma se debe decidir cómo han de ser y cómo se han de construir físicamente en cada momento las ciudades?
En el caso de los modelos explícitamente autoritarios y jerárquicos, no existe contradicción alguna en esta falta de convergencia, pues el dilema está siempre resuelto a priori. El modelo de la ciudad, en el caso del planeamiento dirigista, será el que decida el poder en función de sus intereses. Estos intereses se presentan como coincidentes con los de toda la sociedad. La diferencia se hace evidente par el que no los comparte, sin embargo, en el caso de aquellos modelos que, de una forma u otra, han pretendido otorgarle en el ámbito de lo social un papel protagonista al ciudadano, tampoco el rol de participación en el poder fue bien previsto por los utopistas. De alguna forma, los modelos y utopías urbanas no han sabido imaginar el rol concreto de sus ciudadanías en la gestión de la utopía.
De acuerdo con esta hipótesis de partida, la mayoría de los modelos urbanos propuestos desde cualquier ideología o filosofía no han sido sino la traducción geométrica de las sociedades ideales propuestas y, como las mismas, modelos estáticos, destinados a perpetuarse siempre iguales a sí mismos una vez alcanzada la gran transformación social.
Esto, que parece evidente en el caso de las ciudades ideales propuestas por Aristóteles, Tomás Moro, Campanella, Scamozzi, Fourier, Cabet, Bellamy o incluso Kropotkin e igualmente en las propuestas urbanísticas supuestamente no ideológicas de Howard, Haussman, Cerdá, Soria, Hilberseimer, Frank Lloyd Wright o Le Corbusier, lo es igualmente para aquellas ensoñaciones pretendidamente abiertas de época más reciente, como las de Archigram, Constant o Friedman, por nombrar sólo algunas de las utopías tecnológicas de los años sesenta.
Todas ellas proponen soluciones finales para la disposición y la organización de las actividades y las construcciones sobre el territorio. Incluso llegan a describir y representar con minuciosidad el aspecto y la configuración finales de todos los elementos urbanos, pero en los pocos casos en los que se describen con similar minuciosidad los organismos que toman decisiones sobre la organización de lo social, nunca se plantea la posibilidad de que dichos organismos puedan optar por soluciones fuera del modelo propuesto. La solución es apriorística. Las decisiones las toman, de una vez por todas y de forma inamovible, entes abstractos como el Estado, la Sociedad propietaria, el “administrador”, o “la Comuna”. El papel asignado a la ciudadanía en todos los modelos del estado monárquico renacentista, absolutista, del iluminismo es el de mero figurante pasivo, cuyo bienestar dependerá exclusivamente de su grado de acuerdo con el modelo propuesto.
Podría decirse que detrás de todo modelo urbano gerenciado desde el poder central, se esconde, implícitamente, una propuesta autoritaria o, si se desea expresar con menor contundencia: que la mayor parte de las utopías y modelos urbanos han sido fundamentalmente construcciones dirigidas a resolver objetivos que eran mas importantes para el estado (desde su concepción dirigida por las clases dominantes) que para los propios intereses de la población.
Por otra parte, esta ausencia de convergencia entre la reflexión sobre los modelos para la urbano y sobre los modelos para lo social y el cómo se debe construir y transformar lo real, no es un fenómeno exclusivo del ámbito del urbanismo, aunque sea allí donde se presenta ahora de la forma más flagrante y con los más desastrosos resultados. Pertenece, de hecho, al campo del debate irresuelto entre poder y conocimiento, entre medios y fines que ocupa a la política desde tiempo atrás.
Un momento histórico particularmente virulento y significativo de este debate fue el que enfrentó las posiciones de los mal bautizados como socialistas utópicos y socialistas científicos en la Primera Internacional, un debate del que habría de derivarse el histórico y desastroso cisma entre marxismo y anarquismo. El núcleo de dicho debate giraba en torno a la necesidad o no de crear ideas-pancarta que fuesen vanguardias para la transformación de lo social y en el papel de dichas vanguardias. Pero parte consustancial del mismo debate eran también aspectos muy relacionados con lo que ahora denominamos paradigma ecológico, como las diferentes concepciones de la relación del campo con la ciudad, del hombre con la naturaleza y, en suma, de la noción de progreso. Tema que hoy vuelve a relucir ineludiblemente porque le modelo de la ciudad del automóvil y el asfalto debe ser sustituido prontamente y será sin duda el tema del urbanismo de este nuevo siglo. Hay que recordar que se tradujo en la ya conocida contraposición entre las propuestas de los anarquistas, que pretendían construir o modelos experimentales de la sociedad libertaria de forma simultánea a la lucha por la transformación social, concibiéndolos a la vez como medios y como fines para la misma, y las del marxismo, para el cual la prioridad absoluta era la conquista revolucionaria del poder y su aparato para luego ensayar el proyecto colectivista.
Sería injusto no reconocer al anarquismo su clarividencia teórica en este aspecto, aunque no fuera capaz, sino hasta muy entrado el siglo XX, como veremos más adelante, de trascender de los modelos cerrados para proponer otros modos de hacer frente al dinamismo de lo social y lo urbano. Igualmente hay que reconocer al marxismo lo irreprochable, desde el punto de vista de la lógica, del argumento según el cual una sociedad ideal no puede ser concebida desde el interior de una sociedad dividida y alienada. En la práctica, como consecuencia irremisible de dicha lógica, sus propuestas urbanas no podrían ir más allá de la ocupación metafórica y real del “Palacio de Invierno”, es decir, de los escenarios existentes y sus decorados. El proyecto de una sociedad y un urbanismo revolucionario no superarían la etapa de la apropiación y la creación de palacios colectivistas, concebidos según el modelo imperante de ocupación del territorio, y sin la intervención en su concepción de quienes habían de habitarlos.
La hipótesis de partida que hemos expuesto esquemáticamente requeriría una investigación historiográfica más detallada que contribuyera a matizarla y a entresacar aquellas reflexiones parciales y aquellos pasajes de los discursos utópicos anteriores a los años sesenta del siglo XX que apuntaran al menos a un papel más activo y autónomo de los ciudadanos en la configuración de sus paisajes urbanos.
La constatación de esta característica, común a prácticamente todas las elaboraciones imaginarias sobre la ciudad, adquiere especial relevancia, ya que la influencia de las utopías y modelos urbanos ha sido ciertamente considerable durante el proceso de consolidación de la urbanística como tal.
La planificación urbana, configurada a lo largo del siglo XIX como una disciplina eminentemente práctica destinada a conciliar los intereses de los diversos grupos sociales en pugna por el territorio recogería de pleno el acervo de estas construcciones imaginarias. Y así, podría decirse que, al renunciar a dotarse de herramientas para la toma de decisiones por parte de los ciudadanos tan sofisticadas como las adoptadas para el análisis, la gestión y la intervención, el urbanismo se convirtió en realidad en el instrumento definitivo para la deslegitimación de la idea de la construcción colectiva de la ciudad, que hasta entonces había sido la única forma aceptada por la sociedad de dotarse de espacios adecuados para el desarrollo de sus actividades.
Conviene matizar esta proposición señalando que no queremos decir que la disciplina urbanística acabara cumpliendo esta función debido precisamente al hecho de que los modelos y propuestas en que se inspiraba, no contuvieran una reflexión suficiente sobre la construcción colectiva de la ciudad, algo que, como hemos visto, es intrínseco a la propia idea de modelo. Más bien al contrario, dicha ausencia no constituye sino una ratificación más de que, en sí mismo, el urbanismo fue en realidad la herramienta más adecuada de que se dotó el capitalismo prefordista, en su periodo de consolidación, para ordenar el consenso exclusivamente entre los diferentes intereses dominantes en lo que se refería a la ocupación del territorio. Desde esta perspectiva de dominación, su utilidad hubiera quedado invalidada por la incorporación de herramientas para la toma de decisiones colectiva.
Esta función principal y originaria del urbanismo, sin embargo, siempre se ha visto atravesada por una vocación, subyacente y en pugna, de convertirse en herramienta al servicio de la sociedad. Vocación que ha aflorado con mayor o menor intensidad a lo largo de su proceso de consolidación como disciplina, dejando huellas en algunos de los instrumentos de planificación urbana. Esta vocación fue trascendiendo hacia otras formas y modelos de entender las relación entre lo urbano y la ciudadanía diferentes de las que habían alimentado su tronco principal heredado del pensamiento dirigista hausmmnaniano del panóptico y el boulevard.
Esta vocación ha sido alimentada de forma más consistente por aquellos pensadores sobre lo urbano no provenientes del universo de la arquitectura o el urbanismo, es decir, liberados de la necesidad casi compulsiva de traducir de manera inmediata toda conceptualización al universo de lo formal y más interesados en profundizar en las herramientas de análisis de la realidad urbana que en las de intervención directa sobre la misma. Bastaría a este respecto con hacer referencia a Patrick Geddes, Max Weber, Lewis Mumford, Jane Jacobs, Henri Lefebvre, Manuel Castells o Françoise Choay, por citar sólo a algunos de los nombres más influyentes.
Han sido, de hecho, estos y otros pensadores, pertenecientes a disciplinas tan dispares como la historia, la economía, la geografía, la sociología, la ecología, la psicología, o a campos como el del activismo político, quienes, mientras las heroicas vanguardias arquitectónicas de la primera mitad del siglo XX seguían desarrollando modelos y utopías urbanísticas de toda índole con la pretensión de extrapolarlas a todo el planeta, fueron desarrollando, de manera simultánea y en algunos casos sin conexión alguna, instrumentos para aproximarse, al menos, a descripciones más adecuadas del fenómeno urbano.
Sin embargo, es preciso señalar que ni siquiera estos pensadores, cuyas reflexiones en otros muchos ámbitos constituyen sin duda el fundamento de muchos de los planteamientos del actual paradigma de la sustentabilidad urbana perdida, pudieron escapar a la tentación de privilegiar unos modelos cerrados por encima de otros en función de uno u otro rasgo específico. El famoso debate entre Jacobs y Mumford, por ejemplo, es un paradigma de esta inevitable fascinación por los modelos cerrados y auto referentes.
LA CIUDAD DE LA EXCLUSION 1950-1990
El fenómeno urbano, en cualquier caso, siguió desarrollándose en toda su complejidad sin ajustarse a ninguno de los suntuosos y formalmente seductores modelos ofrecidos por arquitectos y urbanistas. Fue escapando también a todos los intentos extradisciplinares de descripción globalizadora, pero haciendo uso de todos ellos de acuerdo con las diversas lógicas que convergen en su desarrollo y manteniendo a la disciplina urbanística siempre a la zaga, desgarrada por la pugna entre sus dos vocaciones, la de dominación y la de servicio.
Fue esta última vocación, alimentada, como hemos visto, desde las más diversas ópticas multidisciplinares, la que propició el que, durante un período que podríamos circunscribir a las décadas de los sesenta y los setenta del pasado siglo XX, se produjera una fugaz convergencia entre las reflexiones sobre la construcción de la ciudad y sobre la toma de decisiones colectiva. A ello contribuyeron las herramientas de descripción de lo urbano desarrolladas con anterioridad y derivadas de las diversas vías de reflexión abiertas durante la primera mitad del siglo - el análisis político de los mecanismos sociales y de poder que dan lugar a los procesos urbanos, los estudios sobre la relación entre la configuración física del territorio y el fenómeno urbano, las investigaciones sobre el impacto del hábitat en el comportamiento y de éste sobre el hábitat, la aplicación de nuevas herramientas como la cibernética y la teoría de sistemas al ámbito de la ciudad, entre otros-, pero, sobre todo, unas irrepetibles condiciones históricas propicias a la puesta en cuestión de todos los valores y estructuras dominantes.
Son muchos los factores sociales, políticos y económicos que caracterizan esta época cuyo centro de gravedad sería el mayo del 68 y cuyo final serían los terribles "años de plomo". Pero entre los factores que más habrían de contribuir a acercar la reflexión sobre lo urbano a la reflexión sobre el poder estaría el cisma entre neoliberalismo y la autogestión definitiva que ciertos sectores sociales comenzaron a practicar desde los años 80 sobre todo en los países pobres.
Estos factores habrían de impregnar y penetrar transversalmente todos los ámbitos de la realidad social, dislocando todo tipo de estructuras y convicciones; pero sería en el mundo de la arquitectura y el urbanismo uno de los terrenos donde más impacto habrían de causar. Lo cierto es que la crisis de los paradigmas del Movimiento Moderno, cuyos resultados reales ya se habían hecho aparentes las décadas anteriores, unida a la constatación de que los principales escenarios del conflicto social eran urbanos y al relativo estancamiento de los procesos de crecimiento de las urbes en los países más desarrollados, entre otras circunstancias de carácter general, habían creado un caldo de cultivo sumamente apropiado para el proceso de ebullición teórica y práctica que había de caracterizar el universo urbano-arquitectónico durante esas dos décadas escasas.
Las reflexiones radicales sobre el papel de los arquitectos y los urbanistas de cara a la transformación social; el redescubrimiento de la herencia vernácula y de la denominada arquitectura sin arquitectos son factores que además vinieron a neutralizar y desacreditar el iluminismo dela vanguardias de la primera mitad del siglo.
La vitalidad y la potencia de las luchas vecinales en torno a temas relacionados con la calidad de vida urbana; la pulsión antiurbana del primer movimiento ecologista; serán algunos de los elementos de ruptura, a la vez causas y efectos, que contribuyan a arrancar a los profesionales de lo urbano siquiera fugazmente de su sempiterno ensimismamiento narcisista y a despertar su interés por las cuestiones del poder y por el papel de la ciudadanía en la construcción de la ciudad, en un proceso de intensa politización, entendida en su significado literal de reflexión sobre y desde la polis.
Este proceso, entre otros efectos, conllevará el acercamiento, aunque también fugaz, entre las perspectivas de los arquitectos, que ampliarán su reflexiones sobre lo urbano, incorporando aspectos sociológicos y económicos a las mismas. Los urbanistas, tomarán conciencia de la importancia de las cuestiones materiales, formales y simbólicas en la construcción de la ciudad a posteriori.
El paradigma de la multidisciplinariedad, en pleno auge, hará que este acercamiento se extienda a todas las disciplinas en cuyo objeto de estudio el fenómeno urbano ocupa un lugar fundamental.
Por otra parte, durante estas décadas, al contrario que durante el anterior proceso de consolidación de la disciplina y que, posteriormente, durante el período comprendido entre los años 1980 y nuestros días, serán arquitectos y urbanistas quienes lideren este proceso de reflexión e intervención, señalando nuevas vías y proponiendo nuevas herramientas más allá de las constricciones disciplinares de todo tipo.
Es imprescindible hacer referencia, al menos, a algunos nombres, como el del austro-norteamericano Christopher Alexander, el holandés Nicholas Habraken, el belga Lucien Kroll, los británicos Ralph Erskine y John F. Turner, el escocés Ian L. MacHarg, el egipcio Hassan Fathy, el mejicano Félix Candela o el español Fernando Ramón, quienes, partiendo del cúmulo de conocimientos acumulados por la disciplina urbanística y arquitectónica, y nutriéndolo con las aportaciones de todas las demás ramas del saber, centraron sus diversas reflexiones e intervenciones en la comprensión de las relaciones del fenómeno urbano con el entorno natural, social y cultural en su sentido más amplio. También avanzaron en la comunicación de esos conocimientos a todos los ciudadanos, desarrollando nuevos instrumentos y metodologías destinadas a poner en manos de los mismos el proceso de construcción física de su entorno. Todos ellos pueden considerarse como absolutos pioneros de lo que actualmente nos vemos obligados a denominar urbanismo ecológico como única forma de referirse a aquellas prácticas y propuestas que tratan de escapar a la lógica depredadora del proceso dominante de urbanización.
Conviene hacer mención especial a las indagaciones de Christopher Alexander, quien, en su monumental trilogía formada por El modo intemporal de construir, A pattern Language (Por un lenguaje de patrones y Urbanismo y participación).
En 1970 no había llegado el momento para que este fugaz proceso de convergencia entre las reflexiones y propuestas sobre la ciudad y sobre el modo de construirla desde abajo pudieran consolidarse en la forma de nuevas herramientas disciplinares. Eran diversos los factores que se oponían al éxito de este proceso.
Por una parte, el urbanismo de los años 60 y 70 aún seguía manteniendo una importante función como herramienta de dominación; no había entrado en crisis como disciplina y ello seguía alimentando la ilusión progresista de que la mejor forma de que respondiera a su hipotética vocación de servicio a la comunidad era profundizar y hacer efectivas las herramientas de regulación y de consenso implícitas en su cuerpo disciplinar consolidado. En lo que se refiere al ámbito de la ciencia y la cultura, la clara amenaza de derrumbamiento de los límites disciplinares imperantes, puso en marcha una estrategia decidida de recuperación del terreno por parte de las esferas de conocimiento relacionadas con los mecanismos de poder, cuyo objetivo final era devolver su prestigio al pensamiento "experto". Por otra parte, la mezcla de ingenuidad, digresión, experimentalismo y dogmatismo de muchas de las propuestas y experiencias surgidas al calor del periodo, unido a las profundas transformaciones sociales y económicas experimentadas a nivel planetario a raíz de las crisis del petróleo, condujeron en definitiva al descrédito de estas vías de reflexión y experimentación durante los opulentos años ochenta y noventa. El aforismo un camello es un caballo diseñado por un comité resume de forma muy gráfica la actitud consagrada de desprecio, basada supuestamente en el concepto de eficacia, por parte de la inteligencia ante cualquier propuesta referida a una de los ejes fundamentales de estas reflexiones como es el diseño participativo.
La irrupción del paradigma posmoderno en el mundo de la arquitectura y el urbanismo a finales de los años 70 y principios de los 80 puede considerarse como el inicio del último episodio en este proceso de vuelta al redil disciplinar: aunque, al socaire de una respuesta radical a los dogmas del Movimiento Moderno, el Postmodern se presenta aparentemente como una síntesis de todos los temas de las décadas anteriores. Lo cierto es que, durante el trayecto, el tema del poder parecer haberse caído accidentalmente por la borda. La alegada saturación frente a la hiperpolitización de la época precedente se traduce en una fe meliflua en el poder redentor de la "buena forma" ya sea arquitectónica o urbana, capaz por sí sola de regenerar los tejidos sociales enfermos, ungiéndolos con el bálsamo de la belleza. Y así, parece que el principal pecado de las propuestas racionalistas había sido el de la "homogeneidad formal", creadora de paisajes monótonos y poco estimulantes, un pecado frente al cual el remedio de la diversidad formal aparece como evidente. Una diversidad formal, naturalmente, oficiada en exclusiva por los sacerdotes de la disciplina.
Bajo la sombra de este amplio y ambiguo paraguas posmoderno, ni siquiera planteamientos como los del denominado regionalismo crítico, más sólidos y planteados con verdadera voluntad de continuidad con respecto a las anteriores indagaciones, supieron incorporar una reflexión lúcida sobre el posible papel de la ciudadanía en la consecución de la ansiada diversidad formal.
El episodio posmoderno, que nosotros criticamos tanto siendo estudiantes y del que sin embargo nadie hoy en día osa declararse heredero, sirvió así como instrumento clave para obstaculizar la amenazante convergencia entre teorías de la ciudad y teorías del poder. El “posmo” fue un instrumento del neoliberalismo y lo representa perfectamente. Sirvió también para preparar el terreno de cara al nuevo reparto de papeles que caracterizó la escena urbano-arquitectónica durante los años noventa, un reparto en el cual el urbanismo convencional se encontró involuntaria e ineludiblemente atrapado bajo el disfraz de Cenicienta. En efecto, habiendo apostado por la carta de la Forma, el Urbanismo descubrió demasiado tarde que, en ese juego, la arquitectura tenía todas las bazas a su favor.
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