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EN EL DEBATE POR LA CONSTRUCCIÓN DE UN URBANISMO CONTEMPORÁNEO
Ecología, ciudad y poder

POR UNA RECONQUISTA DE LA CIUDAD

Entre mediados de los años 80 y de los años 90 le decretan la muerte al urbanismo heredado. Todos asistimos a la debacle conceptual de esa época del siglo recientemente terminado en la que el ámbito urbanístico la divergencia cristalizó así de nuevo en todos los órdenes. Favorecida por la situación, la Arquitectura se adueñó del espacio urbano significativo. Falto de fuerza conceptual este discurso del objeto arquitectónico del posmo y del tardomodernismo ha dominado el escenario profesional.

Para el Urbanismo, mientras tanto, se ha hecho demasiado tarde. Su lógica disciplinar no le permite ofrecer emociones y estremecimientos estéticos al ritmo que exigen los nuevos tiempos mediáticos. Pero, al haber optado conceptualmente por el discurso de la forma, se ha visto obligado a dejar el terreno expedito a las rutilantes estrellas del siempre renovado “Parnaso arquitectónico”, quienes conciben la intervención urbana exclusivamente desde la óptica de la arquitectura a gran escala, como nuevas ocasiones para el lucimiento compositivo sobre los lienzos más extensos en los que pudieron nunca soñar.

Pero esto es posible únicamente porque la disciplina urbanística ha dejado de cumplir la función principal de instrumento de dominación que le dio origen. Prácticamente consumado el dominio del mercado capitalista sobre la totalidad del territorio planetario a partir del final de la Guerra Fría y habiéndose alcanzado por tanto, prácticamente todos los objetivos del capitalismo en ese sentido, la lógica intelectual ya no es necesaria porque la racionalidad no es necesaria en este mundo de pseudo libertad dirigida como el Titanic al témpano del desastre ecológico. Convertida en anecdótica la capacidad de intervención de los poderes públicos sobre sus entornos inmediatos, las destartaladas herramientas convencionales del urbanismo para la regulación entre intereses dominantes contrapuestos a la escala local han dejado de ser útiles.

En un escenario globalizado y dominado por la lógica financiera, ahora son otras instancias las que responden mucho mejor a dicha función originaria: las grandes decisiones sobre qué actividades deben ocupar qué lugares ya no se toman, desde luego, en los gabinetes de planificación urbana ni se tienen en cuenta para tomarlas los datos ofrecidos por la hasta ahora denominada información urbanística. De las salas de reunión de las grandes corporaciones o de las instancias públicas supranacionales pasan directamente a las efervescentes pantallas de diseño de los mandarines de la Arquitectura, convertidos, sin reconocerlo o reconociéndolo cínicamente, en meros decoradores de lujo, encargados de conceder una falsa heterogeneidad formal a esta estrategia de dominación cada vez más homogénea.

Dentro de este escenario de crisis del urbanismo, las teorías de la ciudad transitan entre la desdeñosa complacencia de los conformistas radicales como Rem Koolhaas que, tras dejar constancia de la “muerte del urbanismo”, proclaman el derecho legítimo de la Arquitectura a mantenerse surfeando sobre la cresta de la ola, escurriéndose de su deber teórico primigenio de servir de fuente de inspiración al pensamiento urbanístico.

La declaración de impotencia de quienes se limitan a constatar que el urbanismo se ha quedado históricamente sin herramientas permite alegar la necesidad imperiosa de una refundación de la disciplina. Para la gran mayoría de estos autores, la relación entre la ciudadanía y su papel en la construcción cotidiana de lo urbano vuelve a ser un objeto de reflexión.

La estrecha relación existente entre las dinámicas del poder y las de construcción de la ciudad se hace cada vez más evidente: de hecho, la crisis del urbanismo y la crisis cada vez más declarada de la democracia representativa responden, sin duda, a los mismos factores: por un lado, la dicotomía entre el ámbito local, en el que se desarrolla la vida cotidiana de los ciudadanos, y el ámbito global, en el que se toman las decisiones, y por otro lado, la celeridad cada vez mayor a la que se producen los acontecimientos de repercusión global.

Son estos mismos fenómenos los que, al tiempo que han relegado al desván a las herramientas convencionales de la disciplina urbanística, están poniendo de manifiesto las limitaciones de los mecanismos democráticos representativos convencionales y contribuyendo al creciente desprestigio de la política como actividad separada y especializada. Frente a estos fenómenos, las teorías del poder siguen oscilando, en una nueva versión de los debates históricos, entre la cada vez más amenazante tentación totalitaria global, vagamente disfrazada de democracia tecnocrática `fuerte', en un extremo, y las propuestas de refundación de los instrumentos democráticos desde la óptica de la democracia directa y participativa, en el otro.

El tema del poder, desde luego, sigue ocupando un lugar central del escenario de discusión intelectual en planificación. Por mucho que los focos liberales, empeñados en poner de relieve la desideologización de los tiempos que vivimos, se nieguen a iluminarlo, este tema reluce en los escritos de los críticos que renuevan su compromiso con la utopía del XIX y de principios del XX como representante del interés de las masas. Sin embargo, ninguna de las teorías que sí ponen de relieve este lugar central, ha sabido aún extraer las consecuencias correspondientes del hecho evidente de que este escenario global esté fundamental y casi exclusivamente dominado por el fenómeno urbano. Fueron formuladas en sociedades donde lo rural era dominante aun y hoy en día lo urbano es lo dominante; el hogar de la civilización será irreversiblemente urbano a partir de ahora.

Un papel fundamental desde el punto de vista ideológico para esta estrategia deliberada de crear una divergencia conceptual desde el poder entre las teorías de lo urbano y las teorías del poder político, consumada a lo largo de una década, lo ha jugado, evidentemente, el auge del discurso liberal. En lugar de soslayar el problema de la creciente disociación entre construcción de la ciudad y necesidades y deseos de los ciudadanos, lo ha abordado ofreciendo su falsa respuesta ad-hoc.

Esta visión liberal en la teoría de la arquitectura puede resumirse en que, en realidad, no existe quiebra alguna entre el modelo de la hiperextensión urbana y el modelo de la liberalización económica. Con esta óptica infantil se han hechos los destrozos ambientales más grandes sobretodo en EEUU. El mercado global, por su parte, se transforma en la mejor alternativa, por partida doble, tanto a las ya inútiles herramientas reguladoras del agonizante urbanismo tradicional, como a los ineficientes mecanismos de la caduca democracia representativa. En la utopía urbana liberal, presentada como el modelo abierto por excelencia, el figurante adquiere los rasgos amables del consumidor-usuario ideal, activo tan sólo en su exigencia perpetua de calidad del producto.

Este discurso ideológico liberal obvia las prolongadas y morosas dinámicas temporales, los ingentes flujos de recursos energéticos y materiales y los procesos irreversibles de impacto social y ambiental asociados el fenómeno urbano. Legitima los sofisticados mecanismos propios de la sociedad de consumo para la reconducción y la tergiversación de las necesidades y deseos, sin mencionar, por otra parte, que al mercado tan sólo le interesa la demanda de las capas solventes de la población. Sólo ofrece la gama de productos y procesos que se adecuan a sus intereses globales. Surte efecto únicamente en las sociedades aparentemente opulentas y en los momentos de aparente opulencia. Por ello, aunque ha contribuido de manera fundamental a desviar la atención respecto a los cada vez más acuciantes problemas urbanos, ha vuelto a perder en gran medida su capacidad de convicción a partir de la nueva situación de crisis global inaugurada a mediados de la década de 1990. Las cada vez más numerosas grietas en el rosado discurso liberal, sustituido progresivamente por las ásperas llamadas al orden y a la lealtad al sistema vigente, permiten entrever el tenebroso panorama global que ha intentado ocultar.

En estos nuevos “tiempos de cólera” no caben muchos motivos para albergar esperanzas, pero es imprescindible aprovechar la presencia inocultable de esas grietas para imaginar y proponer a la ciudadanía y con la ciudadanía nuevos modos de abordar de forma conjunta la crisis de la democracia desde la perspectiva de lo urbano y la crisis del urbanismo desde la óptica de la democracia.

CONCLUSIÓN: LA NECESIDAD DE RECUPERAR EL URBANISMO COMO LENGUAJE COMÚN Y DE FIJARSE METAS CONCRETAS

La tarea que se impone, pues, es hallar la forma de hacer converger las líneas de reflexión sobre los modelos urbanos y sobre los modelos para la toma de decisiones por parte de los ciudadanos, de modo que la disciplina urbanística pueda convertirse en una vía efectiva para salvar la creciente disociación entre necesidades y deseo de los ciudadanos y construcción de la ciudad.

Desposeído el urbanismo para siempre de su primera función como elemento de articulación de las estrategias dominantes en cuanto al territorio, una función que el mercado se encarga de cumplir por otras vías, tal vez haya llegado el momento de recuperarlo como instrumento de lo comunitario. Tal vez haya llegado el momento de que el urbanismo responda plenamente a su otra vocación originaria, de que se transforme en un instrumento de cambio social y de resistencia frente al poder omnímodo del mercado.

El reto que debe proponerse el urbanismo como ámbito de reflexión e intervención es, pues, el de articular formas, medidas, pautas y metodologías para la recuperación de la ciudad como construcción verdaderamente colectiva. En caso contrario, la pretendida revisión de la disciplina no constituirá sino un intento, por otra parte abocado al fracaso, de recuperación del poder y los privilegios perdidos por parte de un sector profesional específico cuyas funciones y habilidades son cada vez menos necesarias.

En un mundo fundamentalmente urbano, el urbanismo, entendido como capacidad de describir, articular y configurar lo urbano, está abocado a convertirse en un lenguaje de uso común y existen síntomas de que el fenómeno ya se está produciendo. De hecho, la idea de participación aparece ya indisolublemente ligada al concepto de sustentabilidad de los costos de la infraestructura urbana en la mayoría de las propuestas institucionales que, desde la óptica convencional de lo Público como regulador de las `disfunciones' del Mercado, tratan de hacer frente a los cada vez más graves problemas de degradación urbana y de impacto ambiental de las urbes de todo el planeta.

No queda espacio aquí para profundizar en las cada vez más numerosas prácticas y teorías, originadas desde la sociedad civil o desde la reflexión multidisciplinar, que pueden servir también de material de partida para esta tarea de refundación. La reconstrucción disciplinar del rol de un urbanismo relacionador entre medio ambiente, producción ocupación del territorio desde la óptica de la ecología y de la democracia participativa puede hacerse, pero la síntesis ideológica deberán hacerla los profesionales de perfil intelectual que tengan una visón transdisciplinar y que estén formados en los preceptos de la nueva disciplina que esta surgiendo en el mundo desarrollado: La urbanología. Otros ejemplos se abren ante el mundo para ejemplificar esta integración entre pensamiento ecológico y planificación colectiva sin perder por el camino los valores de una planificación territorial total se están dando.

Las propuestas y metodologías de planeamiento en acción (action planning, Planning for Real) desarrolladas principalmente en Inglaterra y cada vez más difundidas por toda Europa junto con otras, como los talleres de futuro EASW, concebidas desde el campo de la ecología urbana; unidas a nuevos conceptos como el de gobernanza (la “gouvernance” en francés) o el concepto de empowerment, se abren paso dentro de la terminología sociológica aplicada a lo urbanístico. Estas propuestas intentan dar cuenta de la necesidad de la reversión en el flujo de decisiones urbanísticas y de planificación. Decisiones que se toman exclusivamente desde un ámbito de eufemismos de planificación “estratégica” que es solo un discurso político de “cartas de intención” donde a lo sumo el urbanismo consiste en hacer una placita mientras que ni las necesidades de la gente ni la sensatez de llevar esas necesidades adonde pueden ser satisfechas (a la ciudad) salen victoriosas nunca. Y esto no pasa solo en los países llamados “subdesarrollados”.

A las prácticas de participación ciudadana en el gobierno local que han proliferado en relación con la experiencia pionera de varias ciudades. De Porto Alegre en Brasil a las diversas experiencias de autogestión y creación de entornos desmonetarizados generadas en diversos puntos del planeta, a las nuevas concepciones del trabajo colectivo en red, coordinación comunitaria mediante el uso de las nuevas tecnologías y activismo urbano que han articulado los diversos movimientos por otra globalización; o a la profunda relectura de la ciudad desde la óptica del feminismo que están generando los cada vez más abundantes estudios, propuestas y experiencias al respecto.

Todos estos síntomas de transformación indican que existen posibilidades de elaborar sistemas de gestión en planificación urbana que pueden permitir la elaboración de nuevos modelos de participación sin perder de vista los objetivos generales de un plan director dirigido a reducir los efectos nocivos de la crisis ecológico-energética y la consiguiente reducción de la superficie urbana. Estos modelos o utopías urbanas realmente “abiertas” a la participación de la gente deben tender a que se pueda repoblar la ciudad.

Imaginadas desde la idea de ciudadanía en el poder y desde la constatación de que sin un aporte científico y teórico que tenga una validez general en todo el territorio en cuanto a objetivos municipales y nacionales estas formas de gestión debe tender rápidamente al detenimiento de la expansión abusiva e inútil del área urbana y a fortificar lo ya urbanizado.

La necesidad de recuperar el urbanismo como lenguaje común y de fijarse metas concretas es palpable frente a la crisis ecológica y al aumento de la población, al escaso territorio que existe para urbanizar en condiciones de sustentabilidad en materia de servicios y en materia de organización social. Es necesario además recuperar el capital social que significa que las familias vivan en la ciudad donde los saberes y los contactos intergeneracionales sanearían problemáticas socio-económicas importantes y facilitarían el acceso de la población a los servicios comunes.

No debemos perder el impulso del dinamismo intrínseco de los procesos urbanos, pero a causa de la crisis ecológica no cabe duda de que se anuncian tiempos poco proclives a la cesión de poder en las cuestiones verdaderamente vitales por parte de las instancias que rigen los destinos de este planeta urbanizado.

Existe el riesgo de que las dinámicas imperantes contribuyan a que esta capacidad de reconversión del urbanismo en un lenguaje común, en lugar de adecuarse a la complejidad y la riqueza real del fenómeno urbano, no haga sino contribuir a su banalización y degradación. El que esto no ocurra dependerá en gran medida de las reflexiones y las iniciativas que, desde este mismo momento, adoptemos todos como profesionales y como ciudadanos.

  Referencias

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