En el marco del Mes de la Mujer, la Sociedad de Arquitectos del Uruguay presenta una serie de entrevistas a arquitectas con trayectorias diversas dentro de la profesión. En esta oportunidad conversamos con Magalí González Oyarzun, arquitecta con una carrera que combina ejercicio profesional, gestión académica, trabajo territorial y proyectos vinculados a la sostenibilidad en la construcción.

Arquitecta egresada de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de la República en 2004, Magalí González Oyarzun ha desarrollado una trayectoria profesional que articula distintos ámbitos de la disciplina. Integró durante más de una década el estudio de arquitectura pisodIEZ, participando en proyectos y dirección de obras en diversas escalas, y ha trabajado en el diseño y coordinación de programas de capacitación para la industria de la construcción.

En paralelo, ha tenido una extensa participación en la gestión universitaria en la FADU —donde actualmente se desempeña como secretaria del decano— y en proyectos de intervención territorial vinculados al hábitat y a procesos de realojo y regularización habitacional en Montevideo. Más recientemente, su trabajo se ha enfocado también en la gestión de residuos de obra y la economía circular en la construcción, como parte de la empresa ReAcción, integrando equipos que promueven prácticas más sostenibles en el sector.


¿Cómo combinaste todas tus áreas de trabajo: el ejercicio profesional, la gestión universitaria, la formación y el trabajo territorial?

En general nunca tuve un único trabajo; siempre combiné varios ámbitos al mismo tiempo. Creo que cada uno de ellos aporta al otro. En el ámbito académico estoy muy acostumbrada a trabajar con distintos actores y a cumplir un rol de articulación. Esa experiencia también se refleja en el trabajo territorial, donde es necesario mediar entre las realidades de las personas que viven en los barrios y las lógicas institucionales o políticas.

El ejercicio profesional más tradicional —proyectar y dirigir obra— lo fui dejando un poco de lado. En los últimos años empecé a trabajar más específicamente en gestión de residuos de obra, una línea en la que estoy desde hace aproximadamente cinco años. Ese trabajo parte de una preocupación ambiental, pero también tiene raíces en lo comunitario. Muchas veces los impactos ambientales afectan más a las poblaciones con menos recursos, y eso me llevó a pensar cómo aportar desde la arquitectura a ese problema. Hoy estoy más enfocada en la gestión académica y en la gestión de residuos de obra, pero siento que mi trayectoria es una combinación de todos esos ámbitos.

 

En tu trabajo en territorio, con comunidades y organizaciones barriales, ¿qué aprendizajes te dejó esa experiencia?

Mi vínculo con el barrio existía mucho antes de empezar a trabajar allí como profesional. Siempre tuve una relación muy fuerte con ese territorio y participé durante años en actividades comunitarias desde la parroquia Santa Gema, que tiene una presencia social muy importante en la zona de la Curva de Maroñas. Cuando comencé a trabajar profesionalmente en el barrio apareció con mucha claridad una brecha entre las instituciones públicas y la realidad de la comunidad. Los tiempos institucionales o políticos muchas veces no coinciden con los tiempos y las urgencias de las personas.

Uno de los aprendizajes más importantes fue justamente aprender a articular esas dos dimensiones: comprender la complejidad de la vida cotidiana en los barrios y, al mismo tiempo, entender los procesos institucionales. También fue un aprendizaje muy grande trabajar con otros profesionales, especialmente del área del trabajo social. Aprendí muchísimo de esas disciplinas. Además, trabajar en territorio implica enfrentar situaciones muy diversas: emergencias, conflictos, contextos de vulnerabilidad. Eso exige mucha flexibilidad y la capacidad de posicionarse no desde el lugar de “quien sabe”, sino como alguien que pone sus conocimientos al servicio de una comunidad.

En relación con la gestión de residuos de obra y la economía circular, ¿cómo ves hoy el desafío ambiental dentro de la arquitectura y la industria de la construcción?

Es un tema extremadamente relevante. Muchas veces conocemos los problemas ambientales de manera superficial, pero no siempre dimensionamos su gravedad. En el sector de la construcción, por ejemplo, los residuos de obra representan aproximadamente el 20 % de los residuos a nivel nacional. Por eso, mejorar su gestión puede tener un impacto ambiental muy importante. Creo que todavía falta mucho trabajo de sensibilización y formación, tanto en la universidad como en el ejercicio profesional. Los arquitectos y arquitectas somos actores clave en este tema porque participamos en el diseño, en la ejecución y en la toma de decisiones sobre las obras.

 

¿Qué importancia tiene para vos el trabajo en la universidad y la formación de nuevas generaciones de arquitectos?

Para mí la universidad es un espacio de intercambio más que de transmisión unilateral de conocimientos. La facultad funciona mucho a partir del trabajo en talleres, donde el rol del estudiante es muy activo. Muchas veces son los propios estudiantes quienes nos interpelan con temas nuevos: inteligencia artificial, cuestiones de género, transformaciones culturales o el propio ejercicio profesional. Por eso pienso la enseñanza como una construcción colectiva, aunque obviamente con responsabilidades distintas entre docentes y estudiantes. Lo importante es que los contenidos sigan siendo relevantes y que la universidad esté atenta a los cambios de la disciplina. 

 

Cuando empezaste a formarte como arquitecta, ¿cómo era el escenario para las mujeres en la profesión?

Cuando ingresé a la facultad, a mediados de los años noventa, la proporción de estudiantes era aproximadamente mitad varones y mitad mujeres. En los últimos años el porcentaje de mujeres ha aumentado y hoy ronda el 60 %. La universidad también viene desarrollando políticas vinculadas a la equidad de género: analizar las desigualdades en cargos docentes, promover espacios de cuidado para hijos de estudiantes, egresadas o docentes, entre otras iniciativas. En lo personal no sentí grandes obstáculos vinculados al género, aunque también reconozco que no tengo hijos, y el tema de los cuidados muchas veces genera dificultades adicionales para las mujeres en el desarrollo profesional. Creo que estamos en un proceso de transformación y de mayor conciencia sobre estas inequidades.


¿Qué creés que todavía falta para lograr mayor equidad en la profesión?

En el ámbito privado todavía hay muchos espacios de decisión que siguen siendo predominantemente masculinos. En algunos proyectos en los que trabajamos, por ejemplo, cuando planteamos la posibilidad de incorporar mujeres en ciertas tareas de obra, hubo operarios que preguntaron por qué no se contrataban mujeres solo para tareas de limpieza. Ese tipo de comentarios muestran que todavía hay ciertas ideas muy arraigadas. En la universidad se están generando cambios, pero en el sector privado es más difícil porque depende de las decisiones de cada empresa. Creo que todavía falta avanzar en la presencia de mujeres en espacios de conducción y toma de decisiones.

¿Hay algún proceso o experiencia de tu carrera que sientas que sintetiza tu forma de entender la arquitectura?

El trabajo en territorio fue fundamental para mi forma de entender la profesión. Ahí comprendí que los arquitectos no llegamos con soluciones mágicas. Para poder proyectar y transformar el hábitat es imprescindible escuchar a las comunidades y comprender los contextos en los que trabajamos. Creo que la arquitectura es, ante todo, un servicio a la sociedad. Tenemos conocimientos específicos para aportar, pero es fundamental hacerlo desde la humildad y el trabajo colectivo. Esa perspectiva también la intento trasladar a otros ámbitos, como el trabajo académico o la gestión ambiental en obra.

Después de toda tu trayectoria, ¿cómo te gustaría que se lea tu aporte a la arquitectura?

Me gustaría que se entienda desde esa idea de trabajo colectivo y de articulación entre distintos actores, Los arquitectos tenemos una formación que nos permite integrar muchas dimensiones distintas: lo técnico, lo social, lo ambiental. Creo que nuestro aporte está justamente en esa capacidad de construir soluciones junto a otros. Para mí la arquitectura tiene sentido cuando se desarrolla como una práctica compartida y para la sociedad.