Entre la arquitectura y la pintura, el recorrido de Luis Rocca no se organiza en etapas cerradas sino en una búsqueda constante. Formado como arquitecto, su práctica artística fue ganando lugar con el tiempo hasta convertirse en un lenguaje propio, donde conviven el rigor técnico y la exploración sensible. En su obra, disciplinas que a primera vista parecen distantes encuentran puntos de contacto y tensión.
Su trabajo actual, atravesado por la meditación Zen y la cerámica Raku, propone un corrimiento respecto a la imagen tradicional para centrarse en la experiencia. Más que representar, Rocca busca generar estados: pausas, silencios, momentos de contemplación. En esta entrevista, reflexiona sobre su trayectoria, el vínculo entre arquitectura y arte, y los procesos que lo llevaron a construir una práctica donde el hacer y la búsqueda se vuelven inseparables.
¿A qué te dedicás?
Si me hubieras preguntado hace unos años te diría que soy arquitecto y que una de mis actividades secundarias es la pintura. Hoy te diría que soy pintor: mancho telas, ensucio telas, pero soy demasiado arquitecto. Es casi imposible evitar las dos disciplinas, si bien tienen muchas cosas en común, también tienen cosas muy diferentes.
¿Qué te llevó a elegir tu profesión?
En ese momento éramos (y seguimos siendo) muy amigos con Clever Lara. Íbamos juntos al IAVA. Y los dos estábamos estudiando arquitectura, pero él se decidió por estudiar pintura. Yo no me animaba, porque vengo de una familia de clase media y tenía que “elegir una profesión”.
Me dediqué a la arquitectura con muchísima pasión y entusiasmo, abandonando también la música.
¿Ya tenías un acercamiento a la arquitectura antes?
No, fue medio mágico. En mi familia nadie era arquitecto. Mis padres eran administrativos; mi generación y la de mi hermana fueron las primeras en tener una carrera universitaria en mi familia.
¿Hasta qué edad fuiste solo arquitecto?
Creo que nunca fui solo arquitecto, pero fui muy arquitecto hasta los 30.
¿Cuándo fue el punto de quiebre para dedicarte también a la pintura?
Yo diría que hace unos 15 años, en 2010. Empezamos con un grupo de amigos pintores a estudiar y trabajar el cuerpo humano. Hicimos un viaje a Nueva York a estudiar el cuerpo desnudo y la estructura. Esa experiencia fue todo un descubrimiento del estudio del cuerpo a partir del arte. A partir de allí creo que la pintura superó a la arquitectura.
Vos me hablás del cuerpo humano, pero esta exposición muestra otra cosa completamente distinta. ¿Cómo llegaste a esto?
Yo soy muy buscador. Me baso en algo que dijo Duchamp cuando le preguntaron por qué no pinta más, y él responde: “porque me di cuenta de que los pintores hacen un solo cuadro y lo repiten”.
Dos por tres cambio, agarro caminos alternativos, me sumerjo por otros poco conocidos. Yo capaz que no hice un solo cuadro, hice tres o cuatro.
Escuché en una nota que decís que sos pintor pero no artista, ¿por qué?
Porque creo mucho en el oficio. Yo creo que está bastardeado el concepto del artista, desde una visión romántica del siglo XIX donde el artista está con su pluma y está más allá del bien y del mal, y se expresa y sus sentimientos fluyen y son lo más importante.
Yo soy más creyente de que la pintura es una forma de comunicación que existe en la medida en que existe el que la hace y el que la mira. Se construye entre ambos. Es un poco mágico. Me ha pasado de sentir algo cuando estoy haciendo un cuadro, y encontrar personas que lo miran y dicen que cuando vieron el cuadro sintieron tal cosa, que es lo mismo que sentí yo al hacerlo. Algo queda pegado al cuadro que salta y se refleja en aquel que lo mira.
Creo en el oficio, creo en el estudio, creo en la búsqueda seria de lo que hacemos. No creo que el arte sea un juego maravilloso hecho por alguien muy especial que está más allá de los seres comunes. Soy un ser común y corriente y me expreso con esto como otros lo hacen con la literatura.
Soy un pintor, y no creo que definirme así sea inferior a definirme como artista. Creo que la definición de artista está sobrevalorada y la de pintor infravalorada.
Ahora hay otras formas de expresión súper válidas que no creen en el oficio, en saber cómo combinar los colores para generar el que uno efectivamente quiere.
En la precisión y en el manejo de las líneas, lograr la línea correcta.
La línea del arquitecto es dura, la utiliza como una herramienta para llegar a un fin final que es la obra construida. El dibujo es simplemente un instrumento.
Para un pintor, la línea y el dibujo es un fin en sí mismo. Tiene expresiones y cualidades muy particulares. En el arte la línea tiene poesía, en el arquitecto no.
Me peleé años con esto. Me salían líneas duras, de arquitecto, y no quería, no podía. Tuve que aprender a hacer líneas más sensibles.
¿Hay un vínculo entre la arquitectura y el arte? ¿Entre los arquitectos y los artistas?
La arquitectura creo que es un arte colectivo. Tiene mucho de arte, pero también tiene de construcción, estabilidad, y es un negocio. Es colectivo porque hay todo un ejército de operadores: desde el peón hasta el que limpia la obra, hasta el ingeniero que hace los cálculos, hasta el oficial que hace las terminaciones.
La pintura no, es solitaria. Yo sé que hay grupos que trabajan de manera colectiva. En mi caso particular, es solitaria, personal. La arquitectura está más cerca de la construcción, de lo social.
¿Qué otras técnicas investigaste antes de llegar al Raku?
Trabajé siempre en acrílico y haciendo collage. También investigué con carbonilla y acuarela. Nunca pude con el óleo, increíblemente.
Yo raspo mucho, me gusta lastimar la superficie. Uso soportes rígidos: tela sobre fibra o fibra sola. Me interesa el acrílico que seca rápido. El óleo demora mucho en secar, tiene otros tiempos, es una técnica más tranquila.
¿Cómo llegaste a unir el Zen, el Raku y la pintura?
Hay dos cuentos previos que son significativos para esto.
El primero es hace 8 años que, en mi búsqueda espiritual eterna a la que no le encontraba lugar porque por alguna razón no conecto con las religiones, saliendo de una muestra me encontré con un gran amigo que hace meditación Zen hace 35 años. Le pregunté qué era, porque realmente no sabía. Y me contestó: “¿Qué sabor tiene la frutilla?”, y le dije “no sé, dulzona, capaz que ácida”. Y me dice: “Nunca vas a saber el sabor de la frutilla hasta que no lo pruebes, lo mismo pasa con el Zen. Si no venís a meditar no vas a saber. Es una práctica, no se puede explicar”. Me invitó a un encuentro que había esa misma semana y fui.
Llegué y había un mini altar, una flor, una vela, una luz y un incienso que representa la impermanencia. Y un buda. Pregunté por qué había un buda (pronto para salir corriendo) y me explicaron que es una madera tallada que está ahí para recordarnos que hay un núcleo sano adentro de cada uno, y que la búsqueda en esta práctica es tratar de encontrarlo. Y me quedé. Y hasta el día de hoy sigo meditando con ese grupo.
Y mi interés con el Raku nace en un viaje a Japón al que fuimos gracias a la insistencia de mi compañera. Fuimos al Japón profundo, a las montañas, específicamente a una península donde se hacen recorridos de meditación de templo en templo. Ahí descubrí que la cerámica en Japón es un arte nacional, no es una artesanía menor. Hay museos con piezas de Raku realmente caras.
Es una técnica que nace vinculada al Zen.
Cuando un maestro recibe a un discípulo hace una taza de té específica para ese discípulo, con una información, marca, mueca que haga referencia a ese discípulo. Se la regala, y en el momento en que le sirve el té, es que comienza oficialmente ese camino entre ambos.
¿Cómo es la técnica del Raku?
Es una cerámica. Hago la masa con los ingredientes, en el horno hago la primera cocción de la pieza que se llama “bizcocho”; hasta ahí es igual a cualquier cerámica. Después de que enfrió, deja de ser barro y pasa a ser cerámica dura. Se pinta en la parte que queremos que haya color, y lo que no pintes va a quedar negro.
La particularidad del Raku es la segunda parte, donde se coloca la cerámica a 800 grados. Cuando está al rojo vivo hay que abrir el horno (con equipo de protección), sacar la pieza y colocarla en un recipiente con aserrín, que al entrar en contacto con la cerámica caliente se prende fuego. Se tapa, y ese fuego genera humo que, junto a la cerámica, se impregna y forma el negro mate. A la media hora, que la pieza sigue estando a 500 grados, se coloca en agua fría para que termine de bajar la temperatura. Si soporta todo ese estrés térmico, es una pieza correcta.
Es una técnica muy importante para los japoneses. Yo la aprendí en el museo de Torres García.
¿En qué momento mezclaste todo?
En el estudio de arquitectura estamos trabajando con inteligencia artificial, es un viaje de ida. Y eso me llevó a pensar que hoy en día tenemos inteligencias que son capaces de crear cualquier imagen. Estamos desbordados de imágenes, entonces, ¿tiene sentido seguir haciendo imágenes en pintura?
Ahí me puse a revisar y repasar la historia de la pintura. Y eso ya pasó antes. Cuando en el siglo XX aparece la fotografía y el cine, los pintores se dieron cuenta de que ya no tenía sentido hacer pinturas realistas y nace el arte abstracto, el expresionismo, la abstracción pura, el arte de Picasso, de Miró, todas las manifestaciones que se alejan de la representación naturalista de la realidad.
¿Qué hay que hacer hoy, que la imagen está desbordando el mundo y somos una cultura de imágenes? Ahí llegué a la idea de hacer meditación pintada. Tengo que lograr hacer una imagen que de alguna manera represente lo que conozco de la meditación Zen.
Así fue que hice el cuadro KIN HIN, que es una meditación caminando. Después de hacerlo sentados, el grupo se levanta y empieza a caminar al ritmo de la respiración y en coordinación con todos los compañeros. Esta caminata forma un cuadrado y vas pasando de una posición a otra en cada paso.
Después está Zafu, que es el almohadoncito donde nos sentamos para meditar. De alguna manera todos los cuadros están vinculados a la práctica del Zen.

¿Qué buscás decir o transmitir en esta exposición?
Me encantaría que a las personas que vean la muestra sientan en algún momento algo particular. Que sientan la calma, la paz, tener un ratito de quietud.
¿Podrías describirla en 3 palabras?
Meditación hecha color.
¿Podés decirme una obra favorita de tu faceta como pintor y otra de tu faceta como arquitecto?
De arquitectura me marcaron dos: el Antel Arena que hicimos con el estudio y uno personal que fue la recuperación de la sala grande del Teatro Solís.
Como pintor, una que es de la etapa del desnudo y que preanuncia al Zen, es de hace 10 años y se llama “Vidamuerte”. Es una palabra Zen.
