El profesor y arquitecto Alejandro Falkenstein Bruno, conocido como “Falki”, nació en Montevideo, Uruguay, el 18 de julio de 1959 y falleció el 31 de diciembre pasado, en La Paloma, Rocha.

Arquitecto uruguayo, fotógrafo y artista plástico. Profesor Grado 4 del Instituto de Proyecto de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de la República. Cursó la Maestría en Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano, integró el equipo docente del grupo de viaje de Arquitectura en 2014 y coordinó varios cursos de Anteproyecto y de Proyecto, entre otras actividades.

Compartimos un texto del arquitecto Juan Carlos Apolo, compañero de Alejandro desde el Jardín de Infantes Enriqueta Compte y Riqué y compañero de la Generación 79 de la Facultad de Arquitectura, que se compartió en el programa Pensando el Patrimonio, de Miguel Ángel Odriozola. También contribuyeron a redactarlo los arquitectos Raúl Vallés, Pablo Raviolo, Daniel Riñón y Rocío León.

Palabras de despedida:

La vida de Alejandro nunca fue fácil. Cada día enfrentó desafíos que habrían oscurecido a cualquiera de nosotros. Y, sin embargo, Alejandro habitaba otro mundo: un mundo reservado para los diferentes, lleno de colores y de personajes curiosos, sostenido por su virtud, por su empatía y por una bondad profunda, de esas que se derraman sin esfuerzo y alcanzan a quienes lo rodean.

Cuando Alejandro hablaba, incluso en los momentos más serios, sus personajes parecían volar a su alrededor, ilustrando sus infinitas ocurrencias. Sus dibujos son testigos de ello; cada una de sus creaciones estaba íntimamente ligada a ese mundo único que solo él sabía habitar y compartir.

Y cuando se trataba de palabras, en ese tono cómplice con el que se comunicaba, su lenguaje era igualmente colorido. Lo expresaba con una dulzura tal que hacía imposible la discrepancia. Tanto sus afirmaciones como sus comentarios más simples remitían siempre a la condición humana. No se detenía en tecnicismos ni buscaba construir sentencias: hablaba desde un lugar más hondo. Era sagaz, inteligente y poseía una superioridad sentimental que lo hacía verdaderamente especial. Aún hoy me resuena su seseo al hablar, siempre en clave de complicidad. Compartimos muchas cosas: muchos planes, muchas miradas.

Recién hoy puedo secar mis lágrimas y agradecer la fortuna inmensa de haberlo conocido y de haberlo querido. Fuimos compañeros desde el Jardín de Infantes. Ese vínculo fue la puerta de entrada a ese mundo mágico en el que, de tanto en tanto, volvíamos a encontrarnos.

He pasado estos días escribiendo sobre Ale. Tratando de encontrar el modo de describirlo con mayor certeza. Me vienen relatos de distintas formas que hacen mención a tantas cosas que compartimos.

Relatos de facultad, de la docencia, de la vida, de sus dificultades, de sus artes, de sus amores, de sus hijos, de su nieta Sabrina. Sabrina, que hoy tiene apenas 16 años y sueña con ser veterinaria. Adorada por su abuelo, espero que sepa que el amor de Alejandro hacia ella se prolongará por siempre, en todas y cada una de las personas que lo conocieron.

Yo buscaba escribir algo sobre ese paraíso que se inventaba Falki, eludiendo las duras penas que la vida le puso por delante. De ese mundo me interesaba contarles. Un mundo que casi todos vimos en sus creaciones plásticas y también en sus ocurrencias y relatos.

Eso era, para mí, lo que lo hacía tan especial. Ese paraíso contra la adversidad. Donde permitía entrar a todo aquel que compartiera de modo sincero y honesto la vicisitud de la vida, de nuestras miserias y de nuestros amores.

Intelectual y observador agudo, fue escritor, filósofo y gran observador de la naturaleza humana. Derrochaba cultura, curiosidad y una notable capacidad para analizar a las personas y la sociedad de su tiempo.

Ale siempre estará con nosotros, en nosotros. Un ser humano de mucha luz, por su bonhomía, generosidad, solidaridad, un ser infinitamente querible, sin rencores.

Alejandro Falkenstein era de otra dimensión, la dimensión del humanismo, eso que estamos perdiendo y que él siempre nos ayudaba a reencontrar.

Ese Ale era genial.