
En el marco de la exposición que inaugurará el próximo 28 de julio en la sede de la SAU, conversamos con el arquitecto y escultor Tino Manta sobre su recorrido en la cerámica, el vínculo entre la arquitectura y la escultura, y las ideas que atraviesan la serie de obras que presentará en esta muestra.
¿Cómo empezó tu vínculo con la cerámica? ¿Qué fue lo que te atrapó de ese lenguaje para seguir dedicándole tantos años?
Empecé a hacer cerámica a los 12 o 13 años. Quería hacer algo y, no sé por qué, siempre me interesó la cerámica; nunca otra manifestación artística. Empecé a trabajar con José Collel, que fue quien me dio las primeras herramientas para empezar. Lo que te atrapa es la capacidad de modificar las cosas, de empezar casi desde la nada y crear algo.
Las obras que presentás reúnen tu trabajo más reciente. Mirando hacia atrás, ¿sentís que tu forma de crear fue cambiando? ¿Qué creés que sintetizan estas esculturas de todo tu recorrido?
En la muestra presento una de mis primeras esculturas de gran formato, realizada hace más de quince años, porque me interesa mostrar ese recorrido. Pero el grueso de la exposición corresponde al trabajo de este último año. Creo que todas mis obras tienen una impronta arquitectónica muy fuerte, tanto en la forma como en la manera de mirar las cosas. También hay una influencia de mi formación torresgarciana. Hoy estoy trabajando mucho con la forma y el color, y eso es lo que más me interesa explorar.
Durante muchos años la arquitectura y la escultura convivieron en tu vida. ¿Cómo fue transitar esas dos facetas al mismo tiempo?
Siempre hubo un vínculo entre ambas. La relación entre la forma, el individuo y el espacio construido es justamente lo que trabajo en esta serie. En arquitectura nunca tenés la libertad que podés tener como escultor para hacer lo que realmente te dan ganas, pero en mis obras siempre estuvo presente esa relación entre las personas y los espacios. Creo que tanto la arquitectura como la escultura, si pudieran desarrollarse con absoluta libertad, comparten una misma sensibilidad.
La arquitectura y la escultura trabajan con el espacio, aunque desde lenguajes diferentes. ¿Qué encontrás en la escultura que la arquitectura no te permitió expresar?
La libertad. La libertad de hacer lo que tengas ganas. Pero, más allá de eso, creo que la arquitectura y la escultura tienen algo esencial en común: parten de materiales sin alma para crear espacios y formas destinados al ser humano. En arquitectura siempre terminás valorando esa relación entre la persona y el espacio construido, y esa misma mirada está presente en mis esculturas.
La serie que presentás en la SAU reflexiona sobre la relación entre el ser humano y el espacio construido. ¿Qué buscás transmitir con estas obras y qué te gustaría que se llevara el público al recorrer la muestra?
Esta es mi primera muestra individual y me hacía mucha ilusión hacerla en la Sociedad de Arquitectos, porque creo que ahí voy a encontrar un público con el que puedo compartir esa sensibilidad. ¿Qué busco? Simplemente mostrar lo que estoy haciendo, que la gente pase un momento agradable, que disfrute las obras y sepa que sigo trabajando en esto. Después de jubilarme, la escultura ocupa un lugar muy importante en mi vida y esta exposición es una forma de compartir ese camino.