Con profundo pesar, desde la Sociedad de Arquitectos del Uruguay acompañamos el dolor por el fallecimiento del Arq. Emilio Nisivoccia.
En los últimos días, las palabras de colegas, amigos, estudiantes, instituciones como ORT y FADU, así como seres queridos —entre ellas las de Mery Méndez, Marcelo Danza y tantos otros— han ido trazando un retrato colectivo de Emilio y dejando en evidencia la profunda huella que dejó en quienes compartieron con él la enseñanza, la arquitectura y la vida.
Compartimos a continuación el texto escrito por el Arq. Fabio Ayerra Muzikantas: El único punk de la modernidad
El jueves 20 de agosto murió el único punk que dio la modernidad, minutos después de haber dado su última clase de arquitectura.
Las instituciones, que siempre se mueven a paso de glaciar, esta vez reaccionaron rápido. Llegaron las fechas, los cargos, las becas, las bienales, los libros, las exposiciones, las palabras para ordenar una vida justo cuando esa vida acaba de desordenarlo todo.
Hace años, escribiendo sobre la muerte de Le Corbusier, Emilio notó que cada arquitecto uruguayo había construido su propio Le Corbusier, “como si de un edificio sólido e inmutable se tratara”. Ahora pasa lo mismo. Cada uno se hace su Emilio. No hay forma de esquivarlo.
Este es el mío.
Si los títulos explicaran una vida, bastaría con decir que Emilio enseñó Proyecto, Teoría e Historia; que fue profesor en FADU y en ORT; que investigó y dirigió el Instituto de Historia; que escribió, editó, discutió y llevó dos veces a Uruguay a la Bienal de Venecia. Todo cierto.
Pero un currículum registra lo que alguien hizo, no lo que provocó en los demás.
Emilio brillaba en una profesión donde, como él mismo decía, no había construido nada.
Nada físico, edilicio, medible: nada que pudiera fotografiarse y mandar a una revista. Y lo decía en voz alta, sobre todo en el taller de proyectos, ese lugar donde la obra construida, los concursos y los metros cuadrados suelen funcionar como prontuario y certificado de existencia.
No era una disculpa. Era una postura.
Bromeaba con eso de no haber construido nada, pero la frase encerraba una lección: también se puede ejercer la arquitectura sin alimentar el frenesí de la materia, sin buscar trascendencia en edificios faraónicos, objetos icónicos o mercancías con firma. Mientras algunos levantan monumentos para no desaparecer, Emilio eligió pensar, escribir, enseñar, discutir. Se dedicó a una construcción menos visible y mucho más difícil de derribar.
Por eso era un punk.
No por la ropa negra, los cigarrillos en las clases por Zoom o la negativa sistemática a parecer optimista. Eso era el vestuario. Era punk porque conocía la modernidad demasiado bien como para someterse a sus liturgias. Porque desconfiaba de las novedades estridentes, del star system, de las certezas recién envasadas y, sobre todo, de las ideas que llegan a la mesa sin haber pagado el precio de una duda.
Su material de construcción era el pensamiento crítico.
Entre 2018 y 2022 tuve el orgullo —y el placer— de coordinar el curso de Proyecto Edilicio Básico del Taller Danza, del que Emilio formaba parte. Nunca confundió integrar un equipo con alinearse. Si no le gustaba algo de lo que proponía, lo decía. Y lo decía delante de los estudiantes, que era justo donde tenía que decirlo.
Lejos de molestarme, eso me dejaba tranquilo. Yo les advertía a los estudiantes: cuando todos los docentes estamos de acuerdo, ahí es cuando ustedes tienen que preocuparse. El consenso absoluto lleva a lo tabulado, y lo tabulado, si nadie lo interrumpe a tiempo, termina ridículamente tabulado. Emilio se encargaba de que el peligro nunca fuera el silencio.
Llegó la pandemia y la Facultad se redujo a un rectángulo luminoso en una pantalla. Emilio aparecía siempre de negro, aunque una vez confesó que, fuera de cuadro, usaba chancletas. Nunca un short de colores: la civilización todavía tenía límites.
A veces encendía un cigarrillo. Las clases y las reuniones se alargaban porque estábamos encerrados y el tiempo parecía haberse perdido.
También hubo largas charlas por teléfono y encuentros con Luis Bogliaccini, entre absenta, vino y algún asado. Rara vez hablábamos de arquitectura. Hablábamos de la vida, que quizás sea la forma menos banal de hablar de arquitectura.
En 2022, el último curso que coordiné estuvo dedicado a la Antártida. Emilio lo llamó “arquitectura total”. Tal vez porque allí la arquitectura pierde casi todos sus costados banales. En un paisaje donde una decisión equivocada ya no es un problema de estilo sino de vida o muerte, no hay lugar para la impostura. No hay matices, ni ornamentos discursivos, ni una buena imagen que salve un mal argumento.
El 20 de agosto compartí con Emilio los últimos diez minutos. Hablamos de la vida, de nuestros doctorados y de sus sesenta y cuatro años. Me dijo que ya estaba de vuelta.
Conservaba intactas la lucidez, la palabra justa y esa forma de afecto sin demasiada ceremonia. Nos dimos uno de esos abrazos de siempre.
—Cuidate, viejo.
—Vos también.
Diez minutos no parecen un legado hasta que son los últimos. La tentación ahora sería agrandarlos, buscar una señal escondida o inventarles una solemnidad retroactiva. Emilio habría desconfiado de todas esas maniobras. Mejor dejarlos como fueron: una conversación entre dos amigos, un abrazo y dos personas diciéndose que se cuiden.
Varias veces le escuché decir una frase que hoy vuelve con una precisión incómoda: “La arquitectura no va a cambiar el mundo, pero puede hacer que nuestras vidas sean infinitamente mejores”.
Emilio no cambió el mundo. Se habría reído de semejante afirmación. Pero hizo que cada momento académico que compartimos transcurriera siempre en el territorio de la vida misma.
Y eso, para alguien que decía no haber construido nada, es una obra bastante difícil de demoler.
Más allá de su extensa trayectoria académica y profesional, esos textos hablan también de su manera de estar: de su pensamiento crítico, de su capacidad para discutir, cuestionar y abrir nuevas preguntas, y del impacto profundamente positivo que tuvo en la vida de quienes lo conocieron.
Desde la Sociedad de Arquitectos del Uruguay también queremos recordar la participación de Emilio en 2030: ¿Es posible un Mundial en Uruguay?, el encuentro realizado en 2019 en el Antel Arena, donde compartió su mirada y puso en discusión, una vez más, algunas de las preguntas que atraviesan la arquitectura y la ciudad.
Compartimos este registro de aquella jornada como una forma de volver a escuchar su voz y recordar su participación en este espacio de encuentro y reflexión.