En el marco de las Mesas de Presentación de Trabajos Profesionales de la SARQ 2026, la arquitecta Amalia Zinger presentó Accesibilidad cognitiva: vivienda, educación, trabajo y ciudad, una propuesta que invita a revisar cómo las condiciones del entorno construido inciden en el bienestar y la experiencia cotidiana de las personas.
Las Mesas de Presentación de Trabajos Profesionales de la Semana de la Arquitectura en Uruguay (SARQ) 2026 reunieron cerca de treinta propuestas que reflejan la diversidad de la práctica arquitectónica contemporánea. Entre ellas, el trabajo de la Arq. Amalia Zinger puso el foco en una dimensión de la accesibilidad que no siempre está presente de forma explícita en el proceso de diseño: la experiencia cognitiva y sensorial de quienes habitan los espacios.
La iluminación, la acústica, las circulaciones, el equipamiento y la organización de los ambientes son algunos de los aspectos que aborda su propuesta. Aunque puedan parecer detalles secundarios, su combinación puede facilitar el uso de un espacio o transformarlo en una barrera. Pensar la accesibilidad cognitiva implica, entonces, prestar atención no solo a las características físicas de un lugar, sino también a cómo se percibe, se recorre y se utiliza, contemplando que las necesidades de las personas son diversas.
En el caso de Zinger, esta búsqueda surge del cruce entre su práctica profesional como arquitecta y una experiencia personal que la llevó a observar de cerca cómo un entorno poco adecuado puede afectar la vida cotidiana. Conversamos con ella sobre ese recorrido, las decisiones que pueden marcar una diferencia y los desafíos de incorporar esta mirada desde el inicio de los proyectos.
El detalle y el usuario
Tu trabajo parte de una experiencia muy personal, pero también de tu experiencia profesional como arquitecta. ¿Cómo se cruzan esas dos miradas a la hora de pensar la accesibilidad cognitiva?
Mi actuación en proyecto o equipamiento siempre instintivamente buscó incorporar las dimensiones que hoy entiendo que hacen parte de la accesibilidad cognitiva. Entre la práctica profesional y la búsqueda continua de adaptar mis propios espacios para facilitar y viabilizar mi vida fui desarrollando esos criterios. Descubrir que eso tenía nombre y terminar de entenderlo es como la parte final.
¿Hay alguna experiencia concreta que haya cambiado tu manera de mirar los espacios que habitamos?
Creo que la principal es haber visto el daño que le hizo a mi hijo un entorno escolar poco adecuado para él, y luego ver la mejora al cambiarlo.
Cuando hablamos de diseñar espacios cognitivamente accesibles, ¿qué debería empezar a mirar un/a arquitecto/a que quizás antes no estaba considerando?
El detalle. Y el usuario.
El detalle porque la accesibilidad cognitiva requiere considerar mucho más y mejor las dimensiones que habitualmente se consideran: la funcionalidad, el acondicionamiento acústico y lumínico, el uso del espacio, las circulaciones y el mantenimiento.
Y el usuario porque hay que comprender que las necesidades y dificultades de las personas son muy diversas. Lo que para mucha gente es aceptable, para algunas personas es intolerable.
En tu presentación mostrás ejemplos cotidianos de iluminación, acústica, circulaciones, equipamiento, limpieza y organización del espacio. ¿Podés destacar alguna decisión pequeña que haga una diferencia significativa?
Es difícil elegir una porque es, sobre todo, la sumatoria de pequeñas cosas que hacen que un espacio construido sea una barrera para algunas personas. Pero resaltaré las circulaciones entreveradas, angostas y con obstáculos.
Yo, por ejemplo, si para un viaje tengo que elegir un apartamento para la estadía, miro en detalle si la circulación alrededor de la cama es adecuada, porque ya sé que realmente no puedo hospedarme ahí si no es así.
¿Cómo se puede incorporar la accesibilidad cognitiva desde las primeras etapas de un proyecto, en lugar de pensarla como una adaptación posterior?
Teniendo consciencia de que la funcionalidad hay que considerarla con cuidado, de que los espacios tienen que ser fácilmente recorribles, de que las condiciones sensoriales tienen que estar muy cuidadas y de que es importante pensar cómo los habitantes van a usar y compartir realmente el espacio, y cómo van a interactuar e interferir sus actividades.
¿Qué te gustaría que cambiara en la forma en que proyectamos viviendas, espacios educativos, lugares de trabajo y ciudades a partir de incorporar esta mirada?
Que se entienda que los humanos hace muy poco que habitamos ciudades y entornos artificiales y no todos estamos biológicamente adaptados a eso. Muchos de nosotros necesitaríamos vivir en un entorno sensorial más parecido a la naturaleza.
La continua información sensorial artificial, principalmente ruidos y luces, es dañina para muchos. Tener que vivir rodeados de motores, timbres, alarmas y luces artificiales no es una molestia anecdótica: es un daño profundo, continuo y acumulativo al sistema nervioso y la salud.
Incorporar otras experiencias al proyecto
La propuesta de Amalia Zinger invita a ampliar las preguntas que orientan el diseño arquitectónico: no alcanza con pensar si un espacio funciona en términos generales, también es necesario preguntarse para quién funciona y en qué condiciones.
La accesibilidad cognitiva pone en primer plano experiencias que pueden pasar inadvertidas cuando se proyecta desde una idea de usuario universal. Incorporar esta perspectiva supone reconocer que los espacios no se experimentan de la misma manera y que muchas de las barreras pueden prevenirse si se consideran desde el comienzo.
En definitiva, se trata de integrar la diversidad de quienes habitan la vivienda, la escuela, el trabajo y la ciudad como parte de las decisiones de proyecto. Una mirada que invita a observar con mayor atención aquello que construimos y a preguntarnos qué condiciones de vida estamos haciendo posibles.