En el marco del Día del Patrimonio, la sede de la Sociedad de Arquitectos del Uruguay (SAU) en Salto fue escenario de una actividad que puso en valor la memoria arquitectónica de la ciudad. La jornada reunió dos iniciativas: la entrega del premio PEGUA y la selección de una obra como postal de la arquitectura salteña, ambas con un mismo protagonista: el altar construido para la visita del papa Juan Pablo II en 1988.
El reconocimiento del premio PEGUA surgió de una propuesta de los socios de SAU en Salto, quienes postularon instituciones o empresas vinculadas a obras de especial valor patrimonial. Tras la votación, el reconocimiento fue otorgado al arquitecto Gustavo Peirano, quien junto a su padre, Alfredo Peirano, estuvo a cargo del diseño y la construcción del altar que recibió al Papa durante su visita a la ciudad.
Durante la presentación, Gustavo Peirano compartió la génesis del proyecto y relató las gestiones y el trabajo que hicieron posible su construcción. La obra, que tuvo un significado especial para Salto, fue incendiada años después. Actualmente, una cruz señala el lugar donde se encontraba el altar.
La historia de esta construcción volvió a cobrar protagonismo al ser seleccionada también como postal de la arquitectura salteña, bajo el concepto Raíces, definido para el Día del Patrimonio de este año. En este caso, la referencia a las raíces no remite a las raíces indígenas, sino a los materiales empleados en la obra: madera y paja. La elección pone en valor una arquitectura que partió de materiales propios de la comunidad y buscó trascenderlos a través de una propuesta singular, profundamente ligada a la memoria colectiva de la ciudad.
La actividad contó con dos elementos que permitieron acercarse a la historia material del proyecto: una maqueta del altar y una pieza de hierro que sobrevivió al incendio. Este elemento sostenía los cuatro palos de 23 metros de altura que formaban parte de la estructura, traídos desde Artigas en un traslado que fue emblemático para la época. Rescatada por la Curia después del incendio, la pieza estuvo presente en el encuentro como testimonio material de una obra que, aunque ya no existe en su forma original, permanece en la memoria de Salto.
Así, el premio PEGUA y la postal de la arquitectura salteña reconocieron una misma obra desde distintas perspectivas: su valor arquitectónico y patrimonial, pero también su capacidad de representar una historia compartida. Una oportunidad para recuperar los relatos que forman parte de la identidad de la ciudad y reflexionar sobre cómo la arquitectura puede convertirse en memoria colectiva.