El Art Déco fue una de las expresiones culturales más representativas de la modernidad entre las décadas de 1920 y 1930. Más que un estilo decorativo, constituyó una sensibilidad estética que atravesó la arquitectura, el diseño, la escultura, las artes gráficas, la moda y los objetos de la vida cotidiana. En su lenguaje convergieron tradición y modernidad, artesanía y producción industrial, lujo y cultura de masas.
Su nombre proviene de la Exposition Internationale des Arts Décoratifs et Industriels Modernes, realizada en París en 1925, acontecimiento que consagró internacionalmente esta nueva estética. Arquitectos, diseñadores y artistas de distintas partes del mundo asistieron a la exposición o conocieron sus propuestas a través de revistas y publicaciones especializadas. En Uruguay, por ejemplo, la revista Arquitectura de la Sociedad de Arquitectos del Uruguay publicó ese mismo año una conferencia del arquitecto Mauricio Cravotto sobre el evento.
El Art Déco se desarrolló en el período de entreguerras, en un contexto marcado por la expansión de las ciudades, el avance de la tecnología y la confianza en el progreso. Frente a las curvas orgánicas del Art Nouveau, el nuevo estilo introdujo una estética basada en la geometría, la línea recta y el orden compositivo. Las formas escalonadas, los ritmos repetidos y las superficies pulidas se convirtieron en rasgos distintivos de una modernidad que buscaba expresar dinamismo, precisión y elegancia.
La máquina, la velocidad y la energía del mundo moderno fueron fuentes habituales de inspiración. Al mismo tiempo, el estilo incorporó referencias estilizadas a culturas consideradas exóticas —como Egipto, África o la América precolombina—, integrándolas a un repertorio ornamental que incluía motivos solares, zigzags y formas aerodinámicas.
En arquitectura y artes decorativas, el Art Déco combinó materiales modernos —acero, aluminio y vidrio— con otros tradicionales como mármoles, maderas y lacas, generando contrastes refinados y superficies cuidadosamente trabajadas. Bajorrelieves, vitrales, luminarias, carpinterías y elaboradas piezas de herrería artística formaron parte de un lenguaje donde la decoración se integraba a la composición arquitectónica.
A diferencia de las vanguardias más radicales, el Art Déco no se presentó como un movimiento con manifiestos teóricos estrictos. Más bien fue un “clima de época”, una sensibilidad compartida que acompañó la transición hacia la modernidad urbana e industrial. Su arquitectura mantuvo en muchos casos ciertos principios compositivos heredados del academicismo —como la simetría o la organización tripartita de los edificios—, aunque reinterpretados mediante una estética geométrica y estilizada.
Entre las décadas de 1920 y 1940, el Art Déco se convirtió en uno de los lenguajes más visibles de la modernización arquitectónica. Funcionó como un puente entre el eclecticismo del siglo XIX y las formas racionalistas que dominarían la arquitectura posterior. Al mismo tiempo, se vinculó a nuevas experiencias urbanas asociadas a la electrificación, el cine, la publicidad y la cultura de masas.
En Uruguay, el Art Déco encontró un campo fértil de desarrollo. Su difusión se relacionó tanto con la circulación internacional de ideas como con los procesos locales de transformación urbana. En Montevideo, el estilo acompañó la expansión edilicia y la consolidación de nuevos ejes urbanos, modelando fachadas comerciales, edificios de renta, cines y sedes institucionales. Obras emblemáticas como el Palacio Díaz o el Edificio Lapido muestran la diversidad tipológica y expresiva de este lenguaje.
Palacio Díaz | Año 1935 Palacio Lapido | Año 1936
En las ciudades del interior, el Déco adoptó con frecuencia un carácter más sintético, asociado a programas institucionales y comerciales. Cines-teatro, clubes sociales, edificios municipales y viviendas urbanas incorporaron formas geométricas, remates escalonados y ornamentaciones abstractas que simbolizaban progreso y modernidad.
Así, el Art Déco no fue sólo una moda estética. Fue también la expresión de una época que buscó traducir, en la arquitectura y en los objetos de la vida cotidiana, la confianza en la técnica, el dinamismo de la ciudad moderna y la aspiración de estar en sintonía con el mundo.
Texto escrito por Daniel de León