En un contexto donde predomina una tendencia arquitectónica orientada a la mínima expresión, trayectorias como la de Antoni Gaudí resultan, cuanto menos, subvaloradas. Tal vez por ello haya pasado prácticamente desapercibido en nuestro país, el Año Gaudí, con motivo de la conmemoración del centenario de su fallecimiento, ocurrido el 10 de junio de 1926 a raíz de un accidente de tránsito.

Izquierda: proyecto para las Misiones Católicas Franciscanas en Tánger. Centro: proyecto para la Iglesia de la Colonia Güell. Derecha: proyecto para el Hotel Atraction en Nueva York
El lenguaje hegemónico de la arquitectura contemporánea, sustentado en una suerte de puritanismo formal, ha restringido el desarrollo de caminos expresivos alternativos, particularmente aquellos de carácter simbólico y de mayor densidad estética. El triunfo del despojo sobre la complejidad ha relegado al ostracismo académico a arquitectos que, como Gaudí, eligieron un universo formal exuberante y profundamente significativo.

Bodegas Güell, Garraf, Catalunya, España. Proyecto firmado por Antoni Gaudí y ejecutado por Francesc Berenguer, 1895 – 1901.
Sin embargo, mientras Adolf Loos proclamaba su célebre manifiesto “Ornamento y Delito”, Gaudí desplegaba una auténtica sinfonía ornamental, erigiéndose como referente de otro sendero con una concepción profusa y humanista de la arquitectura. Lejos de ser un mero exceso decorativo, el ornamento en Gaudí responde a una lógica estructural y simbólica, heredera en parte del pensamiento de Eugène Viollet le Duc. Desde su formación, el arquitecto catalán comprendió la diferencia entre una arquitectura meramente funcional y otra de carácter trascendente y místico. Esta visión lo distancia significativamente de muchos de sus contemporáneos. En su obra, la forma nunca surge como un gesto arbitrario, sino como consecuencia de una necesidad expresiva y estructural.
En Gaudí conviven contemplación, tradición e innovación. Contemplación meditada de la lógica con las que se manifiestan las formas de la Naturaleza. Tradición, en cuanto reivindica el valor del trabajo artesanal y el conocimiento acumulado de los oficios. Innovación, porque, libre de prejuicios académicos, desarrolla sistemas estructurales basados en el sentido común y en el respeto a las leyes naturales. Su arquitectura se apoya en lógicas geométricas donde predominan la catenaria, la parábola y la hipérbola, materializadas mediante maquetas funiculares, superficies regladas y complejas configuraciones espaciales donde destacan helicoides, paraboloides hiperbólicos e hiperboloides.
No es casual que, según sus biógrafos, el Gaudí estudiante destacara particularmente en Matemática y Geometría. Detrás de la riqueza formal de su obra subyace un riguroso orden estructural inspirado en las formas naturales.
En este sentido, resulta significativo el vínculo indirecto con la tradición rioplatense, cuando Eladio Dieste se entrevista con Joaquín Torres García, quien había trabajado junto a Gaudí por dos años, este último le recomienda estudiar la obra del catalán, especialmente la cripta de la Colonia Güell y las Escuelas de la Sagrada Familia.

Izquierda: dibujo de Le Corbusier de las Escuelas de la Sagrada Familia de Gaudí en 1928. Centro: Escuelas de la Sagrada Familia. Derecha: Montevideo Shopping de Eladio Dieste.
Asimismo, la influencia de Gaudí alcanza a figuras centrales del Movimiento Moderno. Basta recordar el interés de Le Corbusier, quien en 1928 realiza un dibujo de las Escuelas de la Sagrada Familia, reconociendo implícitamente el valor de una obra renovadora, difícil de encasillar.

Izquierda: Helicoide. Derecha: escalera helicoidal de una de las 18 torres proyectadas por Gaudí en la Basílica de la Sagrada Familia.
Gaudí encarna la figura del artista integral. Su labor no se limita al trabajo de estudio en el proyecto arquitectónico, sino que se involucra activamente en su plasmación, abarcando también la escultura, la forja, el diseño de mobiliario y el detalle constructivo. Su producción se inscribe en la noción de “Arte Total”, donde cada elemento forma parte de un sistema coherente.

Izquierda: Esquema de un paraboloide hiperbólico. Centro: Pabellón de acceso al Parque Güell con una cubierta compleja compuesta por paraboloides hiperbólicos. Derecha: Cubierta de las Escuelas de la Sagrada Familia, con superficies regladas surgidas a partir de los paraboloides hiperbólicos.
Esta coherencia entre geometría, estructura y forma revela una profundidad conceptual que trasciende cualquier lectura superficial o meramente estilística. Con el paso del tiempo, su figura se ha ido desmarcando de las corrientes dominantes para consolidarse como un caso singular dentro de la historia de la arquitectura.

Izquierda: esquema de un hiperboloide. Derecha: Hiperboloide modelo para la aplicación en las claves huecas de las bóvedas de las naves de la Basílica de la Sagrada Familia .
Hoy, podría pensarse que seguir la huella de Gaudí resulta anacrónico. Sin embargo, el propio lenguaje hegemónico contemporáneo ha demostrado su tendencia a agotarse en sí mismo. En este escenario, no constituye una herejía volver la mirada hacia propuestas que se alejan del despojo y recuperan la dimensión simbólica de la arquitectura y la geometría sagrada.
Se trata, en definitiva, de reivindicar una arquitectura que, más que sobrecargada, sea reveladora; que dialogue con la memoria colectiva y que se nutra de las tradiciones humanistas. Una arquitectura capaz de expresar no solo función, sino también sentimiento profundo.

Hiperboloides de las bóvedas de la nave central, crucero y presbiterio de la Basílica de la Sagrada Familia, Barcelona .
A modo de legado, la obra de Antoni Gaudí puede entenderse como un testimonio que debe ser transmitido a las futuras generaciones en la posta de la historia. Por ello, este 2026 se presenta como una oportunidad propicia para detenerse, revisitar y profundizar en su pensamiento y en su extraordinaria producción.